Torrejón de Ardoz, 1 de octubre. Susana, Cansada de quienes se aferran a sus privilegios patriarcales y de quienes dan lecciones de feminismo, escribe el segundo capítulo de su “Mirada violeta de la vida cotidiana”: Tengo la impresión que lo de los padres igualitarios desde el principio de la crianza es como lo de las meigas, haberlos “hailos”, aunque no los he visto. Lo que realmente veo es a mujeres felizmente emparejadas que sin darse cuenta se dejan la piel y su energía para conseguir que sus criaturas tengan buenos padres. Veo madres que tienen una planificación más compleja que los planes quinquenales para que sus maridos lleven a sus hijos e hijas al parque los domingos mientras ella se encargan de la limpieza, la colada y hasta las comidas semanales, para que todo esté listo cuando vuelvan.©

¡Mira qué buen padre, lleva a la niña al cole y hasta la viste él!, ¡Mírale, si hasta da la merienda al niño en el parque cuando le recoge de inglés!

Con esto ya hay quienes dicen (sus motivos tendrán) que la igualdad esta lograda, cuando esos mismos comentarios evidencian que no es así. Os imagináis a alguien diciendo ¡Qué buena madre, da al niño de merendar! o ¡Qué pasada esta madre sabe en qué curso está su hija y hasta el nombre de la pediatra!

Lo que para una madre es obligatorio y se castiga con culpa cuando no se asume, para un padre es algo que se merece que le hagamos la ola. Utilizar distinto baremo para madres y padres demuestra que estamos lejos de alcanzar la igualdad.
Esta realidad cotidiana no es casual, es el resultado de la distinta educación que hemos recibido las mujeres y los hombres y de las claves que construyen la identidad de unas y otros. Las mujeres somos socializadas para cuidar y los hombres para proveer y ser cuidados.

En este contexto, la vida familiar y los roles de madres y padres tienen detrás mucho más de lo que se ve, o se quiere ver. En el mejor de los casos, las madres están agotadas y lógicamente, desbordadas; en el peor, genera mucho sufrimiento tanto a la madre como a las niñas y niños.

Tengo la impresión que lo de los padres igualitarios desde el principio de la crianza es como lo de las meigas, haberlos “hailos”, aunque no los he visto. Lo que realmente veo es a mujeres felizmente emparejadas que sin darse cuenta se dejan la piel y su energía para conseguir que sus criaturas tengan buenos padres.

Veo madres que tienen una planificación más compleja que los planes quinquenales para que sus maridos lleven a sus hijos e hijas al parque los domingos mientras ella se encargan de la limpieza, la colada y hasta las comidas semanales, para que todo esté listo cuando vuelvan.

Veo madres que elaboran la lista de la compra tras organizar menús en los que tratan de encajar los gustos de cada cual y las pautas de nutrición necesarias. Y todo ello, para que su marido haga la compra. Veo a madres que se agotan propiciando que el padre ayude al niño o la niña a hacer los deberes, que le exhortan a que se interese por cómo les va en el cole, en sus juegos o en las actividades extraescolares. A veces veo a madres, gesticulando a hurtadillas para indicar a sus parejas lo que precisan sus hijas e hijos.

Si se van a trabajar antes, dejan la ropa preparada para evitar líos, dejan la comida con indicaciones, post-it en lo que han sacado del congelador… Se aseguran, procurando no agobiar, que el padre recuerde que tenía que llevar a la niña al dentista. Están atentas a que ponga al niño a hacer pis cada cierto tiempo, enviándole un whatsApp que no le haga sentir mal por su despiste. Todo esto lo hacen mientras trabajan, escatimando tiempo y atención a su desempeño profesional…

Muchas tareas que ellas podrían hacer en 10 minutos requieren esfuerzo y paciencia para conseguir compromisos mínimos y ponérselo todo más fácil a ellos.

Veo hombres que priorizan su trabajo, sus relaciones sociales laborales, su gimnasio, su pádel, sus cervecitas antes de ir a casa, sus juegos de ordenador, sus aficiones; veo a mujeres haciendo malabares con los tiempos de sus parejas para que a la vuelta de gimnasio se pasen a ver a su madre que está muy mayor o a su hija que juega al voleibol en la liga escolar. A veces, hasta veo como los hombres reprochan a sus parejas que no les recordasen la cita con la tutora del niño…

Veo que las madres, en general y sin idealizar, asumen la mayor carga de tareas y responsabilidades de la crianza y se encargan del adiestramiento de adultos que se resisten a perder sus privilegios y reclaman compensaciones y homenajes por cada tarea cumplida, incluso, aunque haya sido hecha a regañadientes.

Esta rara “corresponsabilidad”, a pesar de las resistencias masculinas, es una tremenda carga para las mujeres.

Veo un esfuerzo tan intenso realizado de manera tan sutil que agota y produce ansiedad y mucho malestar. Y ¿qué pasa si el esfuerzo es tal que no merece la pena? ¿Si el abuso o el abandono emocional hace demasiado daño? ¿Si el planteamiento pasa de “procurar la corresponsabilidad”, al más vale sola que mal acompañada?… Esto lo dejo para próximas “Miradas Violetas”
¿Y por qué no veo esta realidad violeta en las series, las películas, las tertulias o las conversaciones de la vida? ¿Por qué a las mujeres nos cuesta compartir este malestar? ¿Por qué los hombres evitan que se plantee, bien con chistes, bien con enfados? ¿Y por qué nos devuelven lo mal que les hacemos sentir porque a pesar de su esfuerzo las mujeres seguimos queriendo más?

Una vez más, la respuesta no puede ser otra que: el PATRIARCADO y sus efectos.©

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AUTORA del Comic: Emma

Traducido por @micromachismos en: eldiario.es