Crítica de Un monstruo viene a verme (2016), de Juan Antonio Bayona

Los reinos tienen los príncipes que se merecen y, a veces, las brujas deben ser salvadas.

 

Juan Antonio Bayona dibuja, compone y tararea un relato salvaje con príncipes que engañan y con brujas, pese a todo, en las que confiar. Una historia de amor que nace de la poderosa imaginación de un niño que hereda de su madre una capacidad gigantesca de afrontar la vida de una forma alternativa.

Un niño preso de su realidad que escapa de ésta mirando por la ventana y entrando en su propio mundo interior, onírico y plástico, aún más crudo y catastrófico si cabe.

El monstruo que viene a vernos por las noches nos anima a dar la vuelta, a volver la mirada atrás para afrontar lo que nos viene. Es curativo. Nos obliga a salir de nuestros esquemas y diseñar otros nuevos, aceptando que la realidad es diversa y que somos nosotros quienes la dibujamos cada día. Que los buenos y los malos no existen. Que a veces somos una cosa y otras veces la contraria.

Inocencia, salida, esperanza, introspección y verdad definen a Conor O’Malley un niño demasiado grande para ser un niño y un joven demasiado pequeño para ser un hombre. Un prodigio del que aprendemos que nada es lo que parece y que si apreciamos sólo lo que vemos, firmamos nuestro fin y nos perdemos lo mejor (y lo peor) de la vida.

Y es que lo que parece una invasión casi alienígena se convierte en la tabla de salvación y la puesta en escena de (casi) todas las respuestas a las dudas sobre lo que somos y lo que no y a través de un personaje de apenas un metro entendemos que el sufrimiento y el enfrentamiento son opciones, jamás premios de consolación.

Un monstruo viene a verme se convierte en el billete para un viaje surrealista y emocionante que camina y arrasa sobre la adversidad más dolorosa para aprender de ella, aprovecharse de ella y crecer con ella. Una lección de vida que se roza con la muerte cada veinte minutos, en la que no hay nada claro ni decidido sino que todo está por llegar. Bajo esa premisa, el guionista Patrick Ness (que antes de todo fue autor del libro en el que se basa la película) quiere incrustarnos y nos incrusta una nueva filosofía vital, quizá inmadura pero eficaz, quizá extraña pero atractiva.

Una filosofía que se agarra a un monstruo para asumir el dolor y el peligro, que no sólo no huye de la inexperiencia y la niñez sino que las utiliza como el mejor fármaco para superar el trance.

Y es que, más tarde o más temprano, llegará un día en que no habrá monstruos. No harán falta porque ya habremos aprendido de ellos todo lo que ellos vinieron a enseñarnos. Les habremos escuchado con atención y nos habremos empapado de lo que nos dijeron.

Un día los monstruos dejarán de ser necesarios. Sus viajes nocturnos a nuestra ventana habrán dado sus frutos y habremos aprendido a utilizar nuestra propia fuerza, la que ellos nos mostraron, en la que ellos creyeron. La que nunca estuvo en un sitio diferente del que está ahora. Dentro de nosotros. Ese día estaremos seguros. Y habremos despertado del sueño.

Ya nos decía Bertolt Brech (1898 – 1956) que no aceptáramos lo habitual como cosa natural pues en tiempos de desorden o de confusión, nada debe parecer imposible de cambiar.

Ahí reside la certeza del mensaje de Un monstruo viene a verme:

Explota tus recursos. Son ciertos. Son válidos. Son tuyos. Y son los mejores.


Por cierto, el hombre tiene un defecto. Puede pensar. Bertolt Brecht