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“Merece la Pena”, un nuevo relato de Kriss L Jordan en PlazaTorrejón

“Merece la Pena”, un nuevo relato de Kriss L Jordan en PlazaTorrejón

“Merece la Pena” es un nuevo relato de Kriss L Jordan en PlazaTorrejón en el que la autora deja fluir su enorme capacidad para escribir historias románticas, apasionantes, que no dejan de sorprendernos cada día más. Inicialmente el relato iba a ser publicado en tres entregas, pero hemos decidido entregarlo en una sola, pensamos que no podríais esperar.

 

Merece la pena de Kriss L Jordan

Primera parte: “mi amiga está sugiriendo que me tire a un tío al que conozco de apenas unos minutos”

Dos biquinis con estampados de colores, un poco chillones, pero muy sexys.

Dos vestidos, uno corto y el otro largo hasta los pies.

Sandalias para el largo y cuñas para el corto.

Neceser.

Chanclas…

¡Por fin tengo la maleta preparada! Creo que para un fin de semana será más que suficiente.

¡Oh, casi se me olvida!, crema protectora de factor…: el más alto por supuesto, que soy muy blanquita.

Mi compañera Cande nos ha invitado a Rosa y a mí a un fin de semana en su chalet de Pioz, un pueblecito de Guadalajara que se encuentra a unos 75 Km de Madrid.

He de confesar que sopesé mucho la oferta  porque no me apetecía pasar dos días, de mis escasas vacaciones, rodeada de gente que no conozco pues de todo el mundo que está invitado al evento tan solo tengo relación con ella, Rosa y su esposo.

Estuve tentada de rechazar la invitación, pero Rosa me convenció argumentando que no iba a salir a ningún sitio en todo el verano, que iban ella y su marido y que lo pasaríamos  muy bien. No son razones de peso, pues tanto Rosa como Martín no son lo que se dice la juerga padre, pero la verdad es que necesito desconectar y aunque solo sea por olvidarme durante un simple fin de semana del agobio y el calor de Madrid. No espero mucha fiesta y cachondeo, pero sí unos buenos remojones y la compañía de mis dos mejores amigas Rosa y Cande.

Candela es mi amiga la moderna y desinhibida. Nos conocemos desde hace seis meses que empecé a trabajar en el hospital como administrativo y desde el primer momento nos llevamos bien.

Con Rosa me une una amistad de toda la vida, nos conocemos desde la guardería. Es todo lo opuesto a Cande. Retrógrada y muy anticuada, se escandaliza con todo, muchas veces pienso que debía haber nacido en la época de mi madre, pero la adoro. Las tres hacemos un grupo simpático y extraño: la arcaica Rosa, la alocada Candela y yo que soy la destinada a poner paz entre las dos.

Llaman al telefonillo, es Rosa que me apremia a bajar. Antes de salir de casa reviso mi aspecto en el gran espejo de la entrada. Coloco los tirantes de la camiseta azul que he elegido para la ocasión, paso mis manos por la falda corta en un vano intento de estirar una pequeña arruga y con mis dedos peino mi larga melena rubia.

Cojo la maleta y salgo a la carrera, no me gusta hacerme esperar.

Doy un beso a Rosa y saludo a Martín antes de entrar en el coche.

—Bueno chicos, vamos a pasar un buen fin de semana, lo presiento —digo con entusiasmo. Después de mucho meditar, he llegado a la conclusión de que lo mejor es intentar pasarlo lo mejor posible. Este fin de semana nada de discusiones ni malos rollos. Voy a disfrutar de la compañía de mis amigas, cotillearemos un montón y me relajaré todo lo que pueda.

Llegamos un poco tarde, porque Martín se  pierde. Pero finalmente gracias al navegador de su móvil conseguimos encontrar el precioso chalet de Cande.

—¡Madre mía, menuda casa! —me quedo pasmada al verla.

Es enorme, con un pedazo de jardín gigante y una piscina que ni la municipal de mi barrio.

Candela sale a recibirnos junto a su marido Edward, un americano con negocios por lo que veo muy fructíferos.

Nos abrazamos y besamos, somos muy empalagosas. Nos invita a entrar en su casa después de presentarnos a Edward, el cual nos conquista desde el primer momento. Atractivo y muy interesante, en fin que mi amiga está como loca con su maridito y no me extraña en absoluto, si encontrase uno así quizá me replantearía lo de estar sola.

Llevo divorciada un par de años. Durante los quince años que duró mi matrimonio, fui muy feliz y después del divorcio hemos conseguido llevamos como si fuésemos hermanos, cosa que no entiende la mitad de la gente que nos conoce.  Pero digo yo, ¿por qué nos tenemos que llevar mal? Hemos compartido muchas cosas, tanto buenas como malas,  y es que quince años dan para mucho.

Sergio y yo fuimos muy felices, pero como dice la canción «se nos rompió el amor» y al darnos cuenta de que entre nosotros tan solo existía una amistad, tras una larga temporada llena de discusiones estúpidas sobre cualquier cosa, decidimos de mutuo acuerdo separarnos. Había llegado un momento en el que simplemente el escuchar la respiración del otro nos molestaba y pensamos que antes de llegar a matarnos el uno al otro lo mejor era tomar distancia y hacer cada uno su vida.

Fue una época triste, nos queríamos y mucho, pero la convivencia era imposible. Me costó adaptarme a una vida sola, acostumbrada como estaba a vivir en pareja, pero yo soy fuerte y no me dejo vencer nunca por el desanimo.

Toda mi vida, desde que conocí el amor con quince años, he estado emparejada. Cuando terminaba con uno, encontraba rápidamente otro que le sustituyese. Mi madre siempre decía que mi corazón parecía una pensión, claro que mi madre es mucho más anticuada que Rosa.

Mi primer chico fue Pedro, los dos teníamos quince y duramos tres años. A los tres meses de dejarlo llegó Juan con el estuve cinco años y finalmente encontré a Sergio, con quién me casé.

Tengo mi trabajo, mis amigos y mi vida, no hay espacio para un hombre. Ni lo busco, ni lo quiero. No quiero nada serio, sé que mi madre está desesperada, siempre me dice: te vas a quedar para vestir santos, con cuarenta y sola. Pero esta vez lo he escogido yo, es lo que quiero. No tengo ninguna gana de encontrar un calzoncillo en mi colada.

—Pasad —dice Edward con ese acento tan especial que tienen los americanos.

Si por fuera de la casa alucino, por dentro me quedo pasmada. Muebles de primera calidad y una decoración de lo más moderna, seguro que le ha costado una pasta. El sueldo de administrativo no da para esos lujos, así que supongo que es cosa de Edward y sus negocios.

Salimos al jardín, yo llevo mi pequeña maleta con ruedas, pero Edward en un gesto caballeroso, de esos que hoy por hoy muy pocos hombres tienen, me la quita de las manos. Le sonrío y él me responde con una enorme y preciosa sonrisa de dientes blanquísimos y perfectamente alineados.

Es un tanto incómodo ver al resto de los invitados ya con sus trajes de baño mientras nosotros estamos totalmente vestidos, pero Candela insiste en presentarnos a todo el mundo antes de entrar en la casa, dejar nuestras maletas y ponernos el biquini.

Después de besar a  unas cinco personas e intentar memorizar sus nombres, por fin podemos regresar dentro.

Nos muestran nuestros dormitorios y ya sola, abro mi maleta y me decanto por el biquini blanco con estampado de grandes rosas rojas. Tiene unos graciosos lacitos a los lados de la braguita y se anuda en el cuello resaltando mis pechos.

Me miro en el espejo y, la verdad, me gusto. Claro que no soy muy exigente conmigo misma. Estoy más bien rellenita aunque nunca me quejo por mi peso, ni hago dieta. Mis piernas son lo más bonito de mi anatomía y por eso procuro mostrarlas siempre que puedo, soy muy presumida. Mi pecho, no está mal, ni muy grande, ni muy pequeño. Eso sí, tengo barriguita, nada de vientre plano y un pandero llamativo. Los complejos; no sé lo que son, jamás los he tenido. A demás, según mi madre: a los hombres le gusta coger carne, los huesos para el cocido. Sonrío al recordar sus ocurrencias.

Rosa y Martín me están esperando y juntos regresamos al jardín. La gente charla animadamente, algunos se están dando un chapuzón.

¡Hay que ver cómo vive la gente con dinero! No les falta detalle en el chalet, hasta barra de bar con un grifo de cerveza y todo.

Cogemos unas tumbonas que hay frente a la barra y nos disponemos a disfrutar.

¡Esto es vida! Tumbada, con una cervecita fresca en la mano y mi amiga Rosa dispuesta a contarme cotilleos sobre casi todos los presentes en la fiesta. Es increíble, pero los conoce a todos, no sé como lo hace.

De repente alguien entra en el jardín. Es un chico joven, no llegará a los treinta. Lleva un bañador llamativo, estampado con palmeras amarillas que le llega hasta las rodillas, estoy segura de que a nadie le favorece un bañador como ese, pero a él le queda como si llevara un traje de Armani. Me bajo las gafas de sol y mi boca se queda abierta exhibiendo una perfecta y redonda “O” Creo que voy a comenzar a lagrimear pues mis ojos no parpadean por miedo a perderme el espectáculo.

¡Madre mía! Jamás he visto a un hombre con un cuerpo tan maravilloso y perfecto. Sus brazos son musculosos, pero no en exceso. Sus abdominales se marcan, se perfilan. ¡Eso sí que es una perfecta tableta de chocolate! Me relamo de gusto, con lo que a mí me gusta el chocolate. Me obligo a mirar un poco más arriba y veo unos pectorales que dan ganas de palpar con las manos abiertas.

Camina seguro, sabe que todo el mundo le mira y admira. Saluda a Candela con dos besos y se abrazan muy efusivamente. Miran hacia donde estoy, parece que Cande me señala y ambos sonríen, ¿qué narices le estará diciendo mi amiga de mí?

La boca se me seca.

¡Madre mía, viene hacia aquí!

Cuando me doy cuenta le tengo frente a mi tumbona. Miro sus pies, ¡son perfectos! Es la primera persona que tiene unos pies tan hermosos que dan ganas de besarlos.

Me obligo a reaccionar, por lo menos intento cerrar la boca. Debo de tener un aspecto grotesco y ridículo.

—Hola, soy Diego —su voz es grave y no puedo evitar que mi cuerpo vibre con el sonido que emite. Parece como si las ondas repercutiesen en todas y cada una de mis terminaciones nerviosas. ¡Increíble! Nunca me había pasado nada igual.

Me levanto con torpeza y le tomo la mano que él me está ofreciendo, pero para mi sorpresa tira de mí y me arrea dos besos en las mejillas.

¡Uf que calor!

—Candela me ha hablado mucho de ti. Tenía muchas ganas de conocerte —me dice, sin soltarme la mano. Me acaricia con el dedo índice la palma, mueve su dedo travieso arriba y abajo. Me derrito.

Decido soltarme, así no puedo articular palabra. Tiro de mi mano, pero él la tiene fuertemente agarrada. ¿Será posible?

¡Qué situación más rara!

—Y, ¿tú eres? —le pregunto, cuando por fin mi mente reacciona y da las órdenes precisas para dejar de hacer el ridículo.

«¡Solo es un tío bueno!», me reprendo duramente. No puedo perder las formas por un cuerpo diez, al fin y al cabo soy ya una mujer adulta y no una quinceañera con las hormonas en ebullición.

—Soy el primo de Candela.

Intento recordar si mi amiga me ha hablado alguna vez de un primo que fuese modelo, porque seguro que lo es, pero no lo recuerdo.

—¿Te apetece tomar algo? —le miro y entonces me doy cuenta de que no solo es un cuerpo bonito, sino que su cara está acorde con el resto.

Tiene unos preciosos ojos castaños como la mayoría de los españolitos, pero los de él brillan de tal forma que parecen únicos. Su pelo también castaño le llega hasta los hombros dándole un toque  de lo más sexy.

—¿Te gustan los mojitos? —me pregunta y yo pienso: como no espabiles y reacciones te come el terreno.

Me recuerdo de nuevo que soy una mujer adulta, él es mucho más joven, así que: ¡demuestra un poco de madurez!, me regaño.

—Sí…, me encantan —digo con voz temblorosa.

¡¿Sí, me encantan?!,  me regaño por mi estupidez.

—Soy un experto en mojitos. Espera y te traeré uno.

Me quedo pasmada mirando un magnifico y redondo culo, ¿pero este tío todo lo tiene perfecto?

Me siento en mi tumbona y suspiro. Escucho como mi querida amiga Rosa suelta una risilla sospechosa y entonces me acuerdo de que ella ha estado a mi lado todo el tiempo que yo he permanecido atontada por el yogurín.

—¡Menudo cuerpazo! —dice.

De nuevo bajo mis gafas para mirarla. Me guiña un ojo y con una enorme sonrisa cuchichea:

—Yo que tú me lo tiraba.

Me quedo pasmada, ¡mi amiga la retro!, esa que se escandaliza con el anuncio de los preservativos de la tele, me está sugiriendo que me tire a un tío al que conozco de apenas unos minutos.

—¿Estás loca? Si es un chavalín.

—Es joven, eso no te lo voy a negar, pero está muy bueno. Seguro que está duro y suave… —gime y la miro con la boca abierta. ¿Se está dando un calentón?, ella que considera casi porno el anuncio ese de la coca-cola en el que sale un chico sin camiseta y un montón de mujeres babeando.

—¡Pero Rosa!

—Ni Rosa ni nada. Tienes que darte un revolcón y disfrutar de ese cuerpo duro…

Que tu amiga la estrecha te sugiera que te tires a un pipiolo, que además es familia de otra de tus amidas, es algo tan sorprendente que incluso llego a plantearme la posibilidad de darme el gusto. Pero por supuesto deshecho esos pensamientos inmediatamente. Nunca me han gustado los chicos con cuerpos de infarto y cabezas vacías y ese tiene aspecto de no tener mucho que ofrecer.

Siento como alguien me da un leve empujón y cuando me doy cuenta tengo al tío macizo sentado a mi lado con dos mojitos en la mano.

Cojo uno por inercia y le doy un trago. ¡Está buenísimo!

—Los mojitos son una de mis especialidades, pero no te creas, hago muchas otras cosas muy, pero que muy bien —dice con un tono sugerente. ¿Qué más especialidades tendrá?, solo de pensarlo me dan escalofríos.

Rosa se disculpa y nos deja solos. ¡Traidora! Se lo que quiere, pero no pienso caer en la trampa.

Comenzamos a hablar y la verdad es que al principio me siento insegura e incómoda pero conforme charlamos comienzo a sentirme bien. Es un tío alegre, divertido y me hace reír con sus comentarios. Hablamos de muchas cosas: viajes, películas e incluso futbol, algo increíble para mí, pues lo odio.

Estamos toda la tarde conversando y de vez en cuando él prepara mojitos. Llega un momento que ya no sé cuantos llevo y comienzo a sentir los estragos del alcohol.

Va anocheciendo y cuando me doy cuenta estamos solos en el jardín.

—¿Donde están todos? —pregunto intrigada, Diego me ha absorbido tanto que ni siquiera me he dado cuenta del resto del mundo.

—Creo que se han ido a dormir. Deben de ser más de las doce. Cuando hice el último mojito que te has tomado le dije a Candela que nos quedábamos un rato más.

Me quedo sorprendida. ¿Hemos estado tantas horas hablando?

De repente caigo en la cuenta, estamos solos. Mis pensamientos de vuelven calenturientos. Le miro. ¡Huele muy bien! Sus labios son gruesos y seguro que muy suaves. Veo como los mueve al hablar y me excito, ¡¿Me excito?!, me sorprendo. 

Continuará…

Meredce la pena - relato de Kriss L Jordan en PlazaTorrejón 3

Merece la pena de Kriss L Jordan

Segunda parte:”nunca sentí esa explosión de placer del que tanto hablan las novela”

¿Y sí me lanzo? ¿Y sí hago caso a mi amiga Rosa y me lo tiro? ¡Dios, me estoy volviendo loca! Achaco mis pensamientos febriles al alcohol, es lo más fácil, se le echa la culpa y ya está todo solucionado, tu conciencia queda limpia.

Tan solo he estado con tres hombres en mis cuarenta años y uno no cuenta, pues tenía quince años y nuestra inexperiencia en el sexo nos llevó a mucho tocamiento pero poco coito. Con otro me casé, con él si que hubo muchos sexo, pero nunca sentí esa explosión de placer del que tanto hablan las novelas, más bien fueron chispitas y sin traca final. En toda mi vida, nunca, he deseado a nadie como a Diego.

Mis orgasmos, nada del otro mundo, me han llevado a la conclusión de que el sexo está sobrevalorado, así que al sentirme tan excitada, tan húmeda y caliente con tan solo mirar los labios de Diego, me asombro. ¿Qué me está pasando?

Paso la lengua por mi boca, no tengo intención de provocar, o ¿sí?

—¿Sabes que me estás poniendo cachondo? —me dice con naturalidad, como si me estuviese preguntando por la hora.

¡Alucino!

Me gusta la sensación de poder que me da el saber que yo también le atraigo.

Puedo disfrutar un poquito, nadie tiene porque saberlo. Seguramente que no vuelvo a verle nunca más. Quizás esta vez consiga un buen orgasmo, uno de esos de los que hablan los libros románticos y que siempre he pensado que son pura ficción.

—Tengo mucho calor —digo con tono sensual, estoy un poco borracha, desinhibida —Creo que me voy a dar un baño.

Nunca he sido muy lanzada en el sexo, y la verdad es que apenas me reconozco, pero me levanto e insinuante camino moviendo las caderas hasta la piscina.

Me meto por las anchas escaleras. El agua está caliente y eso me gusta porque yo también lo estoy.

Le miro por encima del hombro y él entiende mi indirecta. ¡Lo voy a hacer! Ya está bien de reprimirme. ¡Un polvo y punto!

Entra en el agua y me mira, más bien me come con los ojos.

«De perdidos al río», pienso y me quito el biquini. Primero la parte de abajo que le enseño traviesa y luego la de arriba.

Me deslizo hasta quedar frente a él y muerdo mi labio. ¿De dónde narices ha salido esta nueva Clara?, no me reconozco en absoluto.

—Estás jugando con fuego —me dice con tono sensual—. Llevo toda la tarde deseando follarte.

Me estremezco, ¿de verdad provoco eso en él?

Le sonrío, levanto los brazos y le acaricio el cabello. Él se quita su bañador sin dejar de mirarme y cuando me quiero dar cuenta me encuentro entre la pared de la piscina y su cuerpo duro.

¡Madre mía! Me besa y sus labios son muy, pero que muy expertos. Los mueve de tal manera que quiero más. ¡Pero como besa! Cierro los ojos y disfruto. Devora mi boca, como si durante mucho tiempo hubiera pasado hambre. Es fuerte, salvaje y me excita. Su lengua se mueve dentro de mi boca, acaricia mis labios. Por primera vez en mi vida disfruto de un verdadero beso y me gusta.

De pronto un poco de cordura me hace intentar, sin conseguirlo, que suelte mis labios. Un pensamiento me asalta.

—Podrían vernos —Diego se come mis palabras pues las pronuncio contra su boca. Creo que soy una pervertida, me excita pensar que estamos en un lugar público y en cualquier momento alguien puede salir. Definitivamente he perdido el juicio.

—No me importa.

—Es la piscina de tu prima.

—Ya somos mayorcitos, ¿no crees?

Tiene razón. No creo que Candela se enfade porque me tire a su primo en su piscina. ¡Dios, Dios que mal suena eso! Descarto inmediatamente a Cande, porque mi libido se está enfriando, para una vez que me la juego y voy a por todas.

¡Tonta, tienes a un tío cañón y no le tocas!, me regaño y pongo remedio a eso. Paso mis dedos por su pecho, está duro como una piedra y hago algo que jamás en mi vida he deseado hacer: tomo su pezón entre mis labios, tiro, lo lamo y lo mordisqueo. Cuando miro a Diego me quedo sorprendida, está como en éxtasis y gime. ¡Quién me iba a decir que eso también les gusta a los hombres! ¡Madre mía todo lo que me he perdido!

Me siento cada vez más osada y ahora deseo probar otra parte de su anatomía, pero me pilla debajo del agua. Diego sigue el recorrido que hacen mis ojos,  parece entenderme y se sienta en el último peldaño de la piscina quedando fuera del agua.

—¿Esto es lo que quieres? —me dice cogiendo mi mano y colocándola sobre su pene.

Pienso en las pelis porno,  seguro que esa son las cosas que dicen los actores. No lo tengo muy claro, porque la verdad es que nunca he visto ninguna. Ya os digo que el sexo para mí, siempre ha sido un poco tabú.

¿Me estaré volviendo una pervertida?, tantos años de limitarme, de ponerme trabas por el que dirán han hecho mella en mí, pero quiero olvidar todo eso, quiero y deseo experimentar, disfrutar. ¡Adiós a la Clara reprimida! ¡Hola a la clara sexy, desinhibida!

Me lanzo, le miro con los ojos cargados de deseo y susurro:

—Sí, eso es lo que quiero.

Lo tomo entre mis manos. Paso golosa mi lengua como si saborease un helado y clavo mi mirada en sus ojos vidriosos. ¡Está disfrutando y yo soy la culpable!, me siento dichosa, feliz y mucho más desinhibida, si eso es posible.

Me gusta esa sensación de poder, es tan excitante.

—¡Dios! —exclama entre jadeos—. Me vas a matar.

Sonrío satisfecha, lamo y muevo mi lengua recorriendo su piel. Gime, jadea,  aprieta los dientes, traga saliva con fuerza y se agarra a mi pelo.

Es el momento, ¡ahora!, me la introduzco hasta el fondo y eso le produce tal placer que una gota de su semen sale y yo lo saboreo.

Arriba y abajo, hasta el fondo, mientras con mis manos acaricio sus testículos y el sigue el movimiento de mi boca con su pelvis.

—No. Para. No quiero correrme.

Me obliga a soltarle, ¡no quiero!, protesto, pero él no me hace caso y en un segundo me encuentro yo sentada en las escaleras y es su boca la que me da placer a mí.

¡Madre mía! Este hombre es un experto, sabe cómo hacerlo, como llevarme al límite. Pasa su lengua por cada uno de mis pliegues, saborea y hace unos ruiditos de lo más eróticos, es como si estuviese comiendo después de mucho tiempo de ayuno y lo que degustara fuese el manjar más exquisito.

Elevo mi pelvis y el aprovecha para meter sus manos entre la dura piedra y mis nalgas. Las acaricia y las aprieta mientras con su boca me tortura sin piedad.

Cuando por fin llega a mi clítoris, soy consciente de que se va a terminar todo, y me da pena. ¡No quiero, quiero que esto dure eternamente! Él es consciente, sabe que estoy a punto y desea tanto complacerme y sentir mi orgasmo que toma uno de mis pezones entre sus dedos. Me corro, ya no puedo retenerlo más.

El mundo deja de girar, mi piel arde. Creo que mi cuerpo va a estallar en mil pedazos.

¡¿Esto es un orgasmo?!, no lo recordaba así ¡Oh, Dios mío! Nunca he sentido nada igual.

Me mira con una sonrisa dulce. ¡Pero mira que es guapo! Me besa y puedo sentir mi propio sabor, me excito de nuevo. ¡¿Qué me está pasando?! Normalmente mis encuentros sexuales siempre han sido de lo más tradicionales, sosos muy sosos, no, la palabra sería: aburridos. Pero con él es diferente, quizá sea porque no voy a volver a verle nunca, aunque sea primo de Candela, después de los que estamos haciendo no podré mirarle a la cara cuando toda esta neblina de pasión se disipe. O quizá porque jamás he estado con un tío como este, perfecto, guapo, duro, uno que sabe complacer a una mujer. Lo malo es que es tan joven. ¡Soy una asalta cunas! Siempre he odiado a esas mujeres y ahora estoy retozando con un yogurín.

Él, ajeno a mis elucubraciones, toma un pezón entre sus labios y me lo mordisquea de tal manera que otra vez creo que me voy a correr. Este tío tiene un máster en lengua, porque la mueve de una manera increíble.

Está entre mis piernas y puedo sentir como intenta entrar en mi interior y yo quiero que lo haga, lo deseo con tanta fuerza que me muevo nerviosa. Me asusto, todas las sensaciones que me está provocando me sobrepasan.

—¡Joder! —dice con mi pezón entre sus labios.

—¿Uhm? —pregunto con los ojos cerrados y entre jadeos.

—No tengo preservativo.

—No importa, no puedo tener hijos  —Cuando me enteré lo pasé muy mal y estuve deprimida, con lo que me gustan a mí los niños,  pero una vez lo acepté, conseguí que no me afectase tanto.

Diego separa la boca de mi pecho y me mira muy serio.

—Lo siento.

¡No, ahora no es el momento para esto!

—No pasa nada, lo tengo asumido.

Creo que su erección ha decrecido, normal, solo se me ocurre a mí decir algo así en estos momentos. Pues nada esto tiene que reanimarse. Tomo su pene en mi mano y lo acaricio con soltura. Me gusta, es grande y suave, nos excitamos juntos y vuelve a su tamaño, ese que tiene que tener para lo que yo deseo.

—Estoy limpio, hace tres años que no follo —me dice, mientras mordisquea mi cuello.

Parece que ha llegado  la hora de las confesiones, yo hago una y él hace otra. Claro que la suya es rara y no me la termino de creer. Un tío como este nunca está tres años sin mojar. Claro que tampoco sé mucho de él. Supongo por su cuerpo perfecto que es modelo, pero quizá sea un militar que ha estado fuera en una misión de rescate y… ¡Clara, que te pierdes!

Ya cansada de esperar tomo lo que quiero, cojo su pene y me lo meto sin esperar. ¡Soy una viciosa! ¡Iré al infierno de cabeza! Quiero llorar, ¿en qué me he convertido?, pero no lo hago porque me puede el gusto que estoy sintiendo. ¡Madre mía!, es grande, muy grande y eso es bueno, muy bueno.

Se mueve como un experto, sabe cómo hacerlo. Creo que ha nacido para esto. ¡Definitivamente iré al infierno!

—Desde que te he visto hoy —dice con la voz entrecortada consiguiendo que me excite más —he deseado esto. ¡Dios Clara no voy a durar mucho!

Con su voz, sus gemidos y su forma de moverse consiguen que otro fuerte orgasmo estalle dentro de mí. ¿Dos veces?, me he corrido dos veces. Eso jamás me había pasado, si lo hacía una ya era todo un logro.

Estoy desnuda, en la piscina de mi amiga, con un hombre entre mis piernas y me siento en la gloria. Siento como él también llega al clímax. Gruñe de una manera sexy, ¡todo es tan sexy en él!

Diego me abraza y me besa.

—Dios Clara, ha sido… ha sido…

Sonrío porque he conseguido dejarle sin palabras. Soy una diosa del sexo, una ninfa de la belleza. ¡Madre mía! Yo Clara Guzmán con mi metro sesenta, mis cuarenta años y mis kilos de más he conseguido dejar a un jovencito sin palabras. ¡Soy buena, muy buena!

Me acaricia con ternura. ¡¿Ternura?! Oh, no, no, no quiero ternura que eso lleva a otras cosas. Le empujo,  y me pongo de pié.

—Bueno, ha sido un placer. Me voy.

Salgo en tropel de la piscina, cojo mi biquini, me envuelvo en la toalla bajo la atenta y sorprendida mirada de él y sin decirle ni una sola palabra camino hacia la casa.

Diego tampoco dice nada, ni siquiera sale de la piscina.

¿Pero qué esperaba?: caricias, besos e intercambio de teléfonos. No, no, no, esto ha sido un polvo y ya. Eso sí: ¡el mejor polvo de mi vida!

Decido pedir un taxi, soy consciente de que son las dos de la mañana, pero no me puedo quedar, tengo que salir huyendo. No puedo enfrentarme a la mirada de Diego.

Les dejo a mis amigas un mensaje en el móvil. De momento les digo que tengo que irme, más tarde buscaré una buena disculpa, pero más tarde, cuando mi cabeza vuelva a pensar con claridad y sea capaz de olvidar las caricias y los besos de Diego, ahora está todo muy reciente, no tengo fuerza.

Llega mi taxi y me voy a casa, después de un buen sueño reparador, y una buena reflexión, seguro que todo lo veo mejor y este nudo que ahora tengo en mi garganta desaparece.

Continuará…

Meredce la pena - relato de Kriss L Jordan en PlazaTorrejón 4

Merece la pena de Kris L.Jordan

Tercera parte: “dos maravillosos orgasmos, los mejores de mi vida”

Han pasado un par de meses desde que retocé con el yogurín y mis amigas no se han enterado de nada. Me costó mucho encontrar una excusa por la forma en la que me marché, porque estas pájaras son muy listas, pero me inventé un familiar enfermo y no les quedó otro remedio que creerme.

Diego le pidió mi teléfono a Candela y me llamó un par de veces. La primera me pilló desprevenida y después de un absurdo pretexto le di a entender, sutilmente, que no quería hablar con él, ni tener trato de ningún tipo. La segunda vez, no se lo cogí directamente, aunque confieso que me dio mucha pena y estuve tentada de contestar.

Soy realista, ese chico no es mi tipo, es mucho más joven y tan solo es un bonito cuerpo que después de saciar su curiosidad con una madurita se decantará por chicas de su edad y me dejará tirada a la primera de cambio. Y yo, como soy una boba enamoradiza caeré en una depresión y me replantearé si de verdad soy tan feliz estando sola o todo es una película que me he montado para no admitir que deseo a alguien a mi lado, que estoy como loca por encontrar unos calzoncillos entre mi colada y de achucharme en el sofá contra el cuerpo duro de un hombre, uno como Diego. Tengo que protegerme, no debo replantearme un estilo de vida con el que hasta ahora me he sentido bien.

Decido seguir con mi vida y recordar a Diego como un polvo de impresión con dos maravillosos orgasmos, los mejores de mi vida.

Trabajo en un hospital como administrativa y hoy estoy en urgencias, en admisión.

Hace frío y me pongo mi chaqueta verde del uniforme.

De momento han llegado dos personas con urgencias y una ambulancia. Espero que la noche no sea movida, eso es buena señal.

A eso de las diez alguien entra  y se pone delante de mi ordenador. Cuando le miro me quedo pasmada. ¡Es Diego!, está más guapo de lo que recordaba y eso que trae mala cara. Lleva a un niño apoyado en el hombro y cuando me ve en un principio se queda también sorprendido, pero se recobra con rapidez.

—Mi hijo necesita que le vea un médico —me dice muy serio.

¿Su hijo?, ¿ha dicho su hijo? Me cuesta reaccionar, pero el niño es lo primero para los dos.

—Dame su tarjeta —Diego me la pone en la mano y yo tecleo el nombre y apellidos en el ordenador. Antonio Ochoa Ferrer, se llama el niño. Veo que tiene cinco años —¿Qué le pasa?

—Tiene mucha fiebre. Llevo desde las tres de la tarde intentando bajarla, pero no he conseguido que baje de los 38 y ahora está con 40.

Le acompaño a la sala de triaje, normalmente esa no es mi función y mi compañera se queda sorprendida al verme salir del mostrador, pero me siento en el deber de hacerlo.

—Esperar aquí, un enfermero saldrá a buscaros y os llevará con el médico.

No puedo evitarlo y acaricio con ternura la frente del niño, me mira y me sonríe. Se parece mucho a su padre, tiene sus mismos ojos, pero su cabello es mucho más rubio y rizado, seguramente será como el de su madre. ¿Dónde estará?, me pregunto. Me doy cuenta de lo poco que sé de Diego, conozco su cuerpo, pero no sé nada de su vida.

Regreso a mi puesto no sin antes darle ánimos a Diego, se le ve muy preocupado, está pálido y ojeroso. Me encantaría abrazarle, pero no debo, no es el momento.

Cuando vuelvo a mirar en la sala ya no están, han debido entrar con el médico y yo continúo con mi trabajo.

Llega la hora de salir y no me puedo marchar a casa sin saber que ha sido del pequeño Antonio. Así que entro en la sala de urgencias. Diego está sentado en el sofá con su hijo en el regazo, le mira con cariño, ternura y entonces sí que me parece el hombre más bello que he visto jamás.

—¿Qué tal está? —le pregunto.

Da un respingo, parece que estaba tan ensimismado mirando a su hijo que no se ha dado cuenta de que me encontraba a su lado.

—Bien. Es la garganta, tiene unas anginas tremendas. Pero ya no tiene fiebre, estoy esperando que le den el alta.

—Me alegro. ¿Tienes coche?

—No, está en el taller. Joder, se ha tenido que estropear en el momento más inoportuno. —Se le ve tan cansado—. Nos trajo un taxi, ahora llamaré a uno para que nos lleve a casa.

—Oh, no, no, de eso nada. Mi turno ha terminado, os llevo yo.

—No quiero molestar.

—No es molestia ninguna.

Me siento a su lado y juntos esperamos en silencio. El alta no llega hasta después de una hora.

—¿Dónde vivís? —le pregunto cuando por fin entramos en el coche.

Él me va indicando.

—Es allí —me dice señalando un bloque de esos de nueva construcción en un barrio que parece bastante tranquilo, uno ideal para vivir con niños pequeños como Antonio—. Sube y desayuna algo, estarás hambrienta.

—No quiero molestar —repito las mismas palabras que él me ha dicho en el hospital.

—Anda, sube —dice con una preciosa sonrisa.

Aparco y subimos. Su casa es pequeña, limpia, moderna y muy confortable. Todo está en su sitio excepto los muñecos y pinturas de Antonio. Sonrío, me encantan las casas con niños, dan alegría.

Diego me invita a que me siente en el sofá y yo obedezco. Le veo entrar en la que supongo será la habitación de Antonio, para acostarle pues el niño se ha quedado dormido.

Aprovecho para cotillear un rato, ahora siento curiosidad por ese hombre. Veo fotos, muchas, casi todas son de Antonio, pero también hay alguna de una preciosa mujer rubia con el pelo rizado, quizá será la madre de la criatura pues se parecen mucho.

Cojo en mi mano una foto en especial, en ella se la ve muy sonriente, lleva un pañuelo en la cabeza y sostiene a Antonio.

—Esa era mi mujer. Fue su última foto. —Diego está a mi lado—. Ya estaba enferma, había perdido todo el pelo y no quería hacérsela, era muy presumida.  La convencí diciéndole que ese día celebrábamos que Antonio hacía dos años. Presentía que era su última foto y deseaba tanto tenerla. Murió hace tres años.

¡¿Tres años?! ¡Oh, Dios! Él dijo que hacía tres años que no estaba con una mujer. Eso quiere decir que he sido la primera después de pasar el luto por su dura pérdida. Me siento tan estúpida, era un momento importante para él y yo le dejo tirado dentro de una piscina. Cierro los ojos, me regaño,  me insulto y si pudiese me pegaría de bofetadas.

Diego acaricia con ternura la cara de la foto y yo pestañeo con fuerza para prohibir a mis lágrimas que salgan de mis ojos.

—Lo siento.

—Ya, claro —dice sin convicción, seguro que lo ha escuchado tantas veces que ya no le afectaba en absoluto—. ¿Qué te gustaría desayunar?

Dejo la foto en su sitio con respeto, le tomo de la mano y le llevo hasta el sofá. Nos sentamos frente a frente y le beso. ¿Por qué lo hago?, porque lo deseo, porque lo necesito y sé que él también.

Durante un buen rato nuestros labios no se despegan, pero de repente una vocecita a nuestro lado dice:

—Papá tengo hambre —dice Antonio.

Diego le toma entre sus brazos y le besa.

—¿Qué quieres comer?

—Leche.

—Ven conmigo Antonio y así papá irá a prepararte la leche —el niño me mira un poco desconfiado, pero le sonrío y él se arroja a mis brazos.

Soy feliz con un niño entre los brazos y este me encanta. Me mira con sus enormes ojos y ríe. Jugamos, charlamos e incluso me enseña canciones del colegio, mientras Diego está en la cocina preparando la leche.

Se la toma con apetito, eso es bueno, se nota que está mucho mejor y cuando me doy cuenta está dormido en mi regazo.

Le llevo a su cama, le arropo y le beso la frente, todo bajo la atenta mirada de su padre.

—¿Por qué me dejaste en la piscina? —me pregunta cuando nos sentamos de nuevo en el sofá.

—Porque soy tonta. Pensé que simplemente eras un cuerpo bonito, con ganas de tirarse a la cachonda de la madurita. Pensé que después de unos cuantos polvos, eso sí increíbles, me dejarías tirada por una rubia escultural.

—¿Ya no piensas eso?

—No, ahora veo quién eres, veo más allá de mis prejuicios y tu maravilloso cuerpo.

Diego ríe mis ocurrencias.

—¿No te importa nuestra diferencia de edad? —pregunto con miedo.

—No, en absoluto. ¿Por qué habría de importarme?,  pero creo que a ti sí.

—Me asusta. —Quiero ser sincera.

Diego me mira con ternura y pasa sus dedos por mi mejilla. Toma un mechón de mi pelo y después de acariciarlo lo coloca tras mi oreja.

—No tengas miedo Clara. La vida son dos días, disfruta y no pienses en el futuro.

Cierro los ojos. ¡Menuda lección! Él sabe de la vida más que yo. Se podría decir que es más maduro.

—Sí tú no tienes miedo, yo no lo tendré —me sorprendo, porque lo siento de verdad, no es una frase o palabras que se dicen por decir.

De pronto le siento distante, ya no me mira, algo le preocupa.

—No me contestaste cuando te llamé.

—Lo siento, lo siento tanto. ¿Podrás perdonarme?

—Sí. —Sus ojos marrones regresan a mí con tanta fuerza que mi corazón bombea rápido y veloz.

¡Creo que podría intentarlo!, pienso. Estoy asustada, tengo miedo, pero su mirada me dice que merece la pena.

—Podemos empezar de cero —digo con entusiasmo.

—Creo que eso es imposible. —Sonríe y me muestra esa hilera perfecta de dientes blancos—.  Nunca podré olvidar tu cuerpo, tus caricias…

De repente siento mucho calor. Yo tampoco he logrado, ni lograré olvidar todo lo que sentí aquella noche de verano.

—Yo no suelo hacer esas cosas… —Creo que me he sonrojado como una chiquilla, pero a él parece gustarle.

—¿No? —pregunta con una sonrisa traviesa.

—No —contesto con sinceridad—. Fuiste mi primer polvo a primera vista.

—Vaya, me siento alagado. —Ríe y me contagia.

—Me gustó, me gustó mucho. —Mi mirada se nubla, pues con él me resulta fácil excitarme.

—A mí también me gustó. Disfruté tanto que no he podido hacer otra cosa que pensar en ti.

Nos estamos mirando frente a frente con nuestros labios casi rozándose. Siento como su pecho sube y baja con rapidez, como su corazón late casi desbocado.

—Creo que será mejor que me vaya, estáis cansados…

¡No quiero!

Diego cierra los ojos y suspira, sé que él tampoco quiere, desea tomarme de nuevo al igual que yo deseo sentirle dentro de mí.

—Quédate —dice con su frente contra la mía—, quédate. Aunque solo sea para dormir… Por favor.

¿Solo dormir? No lo creo.

—Sí, sí.

¿Cómo puedo negarme? Le deseo más que nada en este mundo.

Entonces me toma de la mano y juntos caminamos hasta su habitación. Se sienta en la cama, me coloca entre sus piernas abiertas y me atrae hasta su cuerpo. Se abraza a mi cintura y reposa su cabeza sobre mi vientre. Acaricio su pelo, paso mis manos una y otra vez recreándome en su suavidad.

Me siento bien, cómoda. Su abrazo es tan tierno que noto un nudo en mi garganta.

¿Cómo he podido ser tan tonta? ¿Cómo pude no darle antes la oportunidad de enseñarme cómo es?

¡Mira lo que te estabas perdiendo! ¡Tonta, tonta, tonta!

Diego levanta su mirada.

—¿Estás bien? —me pregunta preocupado al ver mis ojos anegados en lágrimas que no pienso, ni quiero derramar.

—Sí, ¿y tú? —intento sonreír, son tantas las emociones que me siento desbordada.

—Ahora sí.

Entonces me desnuda y se desnuda, pieza por pieza de nuestra ropa queda tirada en el suelo.

Con ternura me toma entre sus brazos y me tumba en la cama. Se coloca entre mis piernas y es tanta la necesidad que tenemos el uno del otro que sin precipitarse, pero sin ningún preámbulo, lentamente, entra dentro de mí. Estoy preparada para recibirle, para acogerle. Nos mecemos despacio sin hacer casi ruido, mirándonos a los ojos. Juntos llegamos al clímax temblando, con las manos entrelazadas. Me besa con  ternura y me acomoda sobre su pecho, me abraza, le abrazo y ambos nos quedamos dormidos.

¿Lo hago? ¿Me lanzo? Sí, porque no. Merece la pena.

Fin.

Meredce la pena - Kriss L Jordan en PlazaTorrejon 2

About The Author

Kris L.Jordan

Kris L.Jordan es el seudónimo con el que esta autora de romántica firma sus libros. Torrejonera de adopción es una apasionada de la lectura romántica de cualquier género. .. Acapara libros y libros en las estanterías de su casa y no es capaz de irse a la cama sin leer... Un buen día se sentó ante el teclado del ordenador, las ideas comenzaron a surgir y así nacieron sus primeras historias que autopublica. Actualmente tiene seis novelas, algunas con editorial y ha participado en varios libros de antologías. Pero su aventura no termina aquí, porque la escritura se ha convertido en una parte muy importante de su vida.

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