Estantío 2

 

Si cierro mis manos, el agua se escurre.”
Alejandro Jodorowsky,

La luna siempre sale detrás de tus rizos alborotados”,
dijo él mientras ella ojeaba un libro negro y amarillo.

El Silencio”, que así se titulaba el libro, y sus miradas
no se separaban desde algunos cafés atrasados,
aprendieron a doblar la tarde por la mitad.

Mientras ella se dejaba observar a medias, ocultando alguna sombra,
le contaba cerca de su oído que le gusta el singular.
Y él, que se reconocía jugando con sus plurales
y , sorprendido, supo que ya nada sería igual.

Él ya sólo la miraba,
sólo respiraba entre atardeceres helados y entrepisos inundados.
Sabía que la quería todavía demasiado y que perdía con ella
una brújula que siempre mira al Sur.

Ella pensó,
mientras dormían sus dolores,
en lo asombroso que es reconocerse en otros ojos
que exhiben las ganancias de algunas batallas pasadas.

Se regalaron varios “ojalás”,
que colocaron en la estantería que sujeta el corazón y,
luego, esperaron a dormirse entre sueños rotos y realidades despiadadas.

El día después de ayer,
ella no sabía si volver sobre sus pasos o abrir el paraguas.
La tarde pasó de lado,
casi sin rozar el tiempo ,
pero la realidad pesaba tanto
que no logró alcanzar esa posibilidad
y acabó pidiéndole secretos a la luna.

No supo, hasta tiempo después,
que la luna no concede deseos imposibles.
Y acabó confesándola haber besado el suelo
mientras el agua se le escapaba de las manos.©

Fotografía: Ángel Román