Las agresiones sexuales a las mujeres por los hombres son tan habituales que nos hemos acostumbrado a convivir con ellas, y reír a carcajadas. Pasó  hace dos días con la reportera de Euroesport Maly Thomas que sufría abuso sexual delante de las cámaras por un tenista de Ronald Garros, sus amigos reían ¿Dónde está la gracia?. Ese es el modo en que hemos aprendido a rechazar el abuso, sin escandalizar; a mantenernos en nuestra tarea sin denunciar al agresor y en silencio, sin gritar lo que nos duele para no acabar siendo la diana de la reacción machista. El varón, tiene que comprender como nos sentimos las mujeres cada día, ver si es el mundo en el que quiere vivir y si no, explorar qué podría hacer para cambiarlo.

Hoy, por casualidad, al llegar a casa he visto un informativo de la Sexta y me he encontrado con una mini crónica, sobre el acoso sexual que sufren las mujeres reporteras, un montón de grabaciones con agresiones sexuales de hombres a reporteras en diferentes situaciones y países.

El abuso sexual de un tenista de Roland Garros sobre Maly Thomas, una reportera de Eurosport, una profesional del periodismo haciendo su trabajo, ha llevado a encontrar en los archivos todos esos otros casos. Y quizá algunas de las críticas a la cadena deportiva, han helado la sonrisa, aunque fuera por unos segundos a los locutores que retrasmitían ese torneo y que acogieron la agresión con carcajadas.

Este ataque es una más de las muchas agresiones sexistas que hemos de afrontar diariamente las mujeres y lo que me gustaría destacar de este hecho es  precisamente lo habitual que resulta.

Así es de perversa la desigualdad

Viendo a quienes presencian estas agresiones podemos reconocer lo que la sociedad entiende que es lo normal. Si nos fijamos, quienes presencian los hechos no sólo no muestran asombro ni recriminan al agresor, si no que jalean al machito que demuestra su masculinidad y lo celebran, en este caso, con carcajadas.

Que una mujer sea tomada contra su voluntad como un objeto para el disfrute sexual, que sea violentada por el deseo del varón no resulta alarmante y si no gracioso; provoca burlas no rechazo…

Y con todo ello más o menos presente, las mujeres tratamos de vivir día a día, conservando nuestra dignidad para afrontar ese maltrato mientras intentamos sobreponernos sin armar mucho escándalo, ni exagerar y lógicamente, sin denunciar que una parte importante de los varones son cómplices de ese comportamiento, ya que inmediatamente nos advierten que de hacerlo pareceríamos unas radicales y provocaríamos el rechazo a nuestros argumentos. Y tenemos la experiencia de ser culpabilizadas de lo que nos pasa. Si así es de perversa la desigualdad.

Si no me gusta este mundo, qué podría hacer para cambiarlo

Os propongo también, poner atención en cómo Maly Thomas trata de zafarse de la agresión sin perder la sonrisa, anteponiendo su profesionalidad y haciendo su crónica a pesar de ser manoseada y baboseada por ese tenista… no grita, no huye, no golpea al agresor… y que esa es una de las maneras en que muchas mujeres tratamos de superar cada día la violencia machista.

Ese es el modo en que hemos aprendido a rechazar el abuso, sin escandalizar; a mantenernos en nuestra tarea sin denunciar al agresor y en silencio, como ha impuesto la cadena deportiva. Sin gritar lo que nos duele para no acabar siendo la diana de la reacción machista.

Con todo esto en nuestra vida, con estas vivencias cotidianas desde pequeñas, luego nos preguntan qué porqué hemos aguantado el maltrato en la pareja y ponen en duda nuestro testimonio y hasta resultamos culpables al ser asesinadas por no haber denunciado.

Sería genial que algún varón, tratara de comprender como nos sentimos las mujeres cada día, ver si es el mundo en el que quiere vivir y si no, explorar qué podría hacer para cambiarlo.