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Si fuera mía.

Si fuera mía.

Me llamo Pedro y tengo 27 años. Trabajo en un gran edificio del centro de Madrid, en un pequeño despacho donde mi jefe me explota por un mísero sueldo. Aún vivo con mis padres pues con 600 euros mensuales es imposible independizarse.

No tengo pareja, pero estoy perdidamente enamorado de la novia de mi mejor amigo. ¿Parece una desgracia, verdad?, pues sí, lo es y muy grande. Porque tengo que verles juntos, de la mano, besándose, mirándose con amor, mientras yo me muero como dice la canción de Marc Anthony “de celos y envidia”

Hoy he quedado en la puerta del cine con mis amigos y ellos por supuesto están incluidos en el lote. Podrías pensar que soy un poco masoquista, pues tengo muchos más amigos y podría quedar con ellos. Pero la verdad es que necesito verla, escuchar su risa, oler su perfume.

Camino por la acera con las manos en los bolsillos de mi pantalón , recreándome en mi mala suerte y mi desdicha. Millones de mujeres solteras en el mundo y me voy a enamorar de Silvia. ¡Joder, con mi suerte!

Mi mirada permanece sobre los adoquines de la acera, quizá en busca de una maldita respuesta, de una salida, una señal que me ayude a olvidar a Silvia.

De repente me choco, alzo la vista y allí está ella. Mi boca se seca y no puedo dejar de admirar su belleza; sus bonitos ojos azules, su pelo corto y rubio con matices dorados, esas pecas diminutas que adornan su respingona nariz y esa boca carnosa siempre pintada con tonos rosas.

—Hola —me dice y puedo apreciar que su voz suena temblorosa y agitada.

—Hola —logro vocalizar —¿Te pasa algo? —pregunto con preocupación, pues después de admirar su belleza, me fijo en sus ojos y veo que está llorando.

—Oh…, yo —las lágrimas caen como la lluvia de verano cuando hay tormenta, se nota que al igual que esa lluvia fría, no las puede retener, no puede contenerlas aunque se esfuerza.

—Ven —le digo y aunque llego tarde a mi cita, vamos a una cafetería que está próxima. ¡Qué le den a mis amigos!, ella me necesita.

Silvia se deja llevar. Le tomo del brazo con suma delicadeza y sigue mis pasos. Nos sentamos uno frente al otro y cuando viene el camarero pedimos dos cafés, aunque yo le aconsejo que pida otra cosa menos excitante, está tan nerviosa que le tiembla el labio inferior y sus piernas no dejan de moverse bajo la mesa con un traqueteo incesante y un tanto molesto.

—Deberías ir al cine, llegarás tarde. Te estarán esperando —me dice entre sollozos.

En ese momento suena el móvil y yo sé que es Roberto mi mejor amigo y su chico, el que me está llamando. Ella también es consciente y eso le hace llorar con más fuerza.

—Cógelo, pero no le digas que estás conmigo por favor —me ruega, y yo por supuesto la complaceré en todo, pues no puedo evitar sentirme tan desdichado como ella, no puedo remediar sentirme infeliz con su tristeza, es como si fueran mis propias lágrimas y mi propio dolor el que veo reflejado en su mirada. 

Cojo el teléfono, salgo de la cafetería para hablar con mi amigo sin escuchar los ruidos y los gritos que nos envuelven.

—Oye tío, ¿dónde estás? Te estamos esperando.

—Lo siento, pero creo que no podré ir. Me ha surgido… un problema.

—¡Pues ya podías haber avisado antes! Vale, no pasa nada. Entramos en el cine. Si luego te quieres pasar me avisas.

—Vale, gracias. Divertiros.

No me ha dicho nada de que su chica tampoco está, ¿qué raro? ¿No piensa esperarla?

Entro de nuevo en la cafetería, tomo asiento y miro a Silvia.

—¿No le has dicho nada verdad?

—No. ¿Me vas a contar que es lo que te pasa?

—Me ha dejado. Roberto y yo ya no estamos juntos.

Siento alivio y una malsana alegría, son cosas que no debía sentir, pero que no puedo remediar. De repente pasan por mi cabeza cientos de cosas: él ya no la besará nunca más, no acariciará su cuerpo, ni compartirá su cama, ya no pasearán cogidos de la mano, ya no… Cuando dejo a un lado mi entusiasmo y la miro de nuevo, me siento sucio, ruin. Pero, ¿qué estoy pensando? Mi amor, la mujer a la que quiero más que a nadie en este mundo está sufriendo y yo en lo único que pienso es en mí.

Me maldigo mentalmente, me fustigo con dureza y regreso a su mirada triste, por nada del mundo deseo verla así, quiero que ría, que sea feliz, esa será la única forma en la que yo me siento dichoso.

—¿Qué ha pasado? —pregunto— Quizá tenga solución. Sí quieres yo hablo con él.

—¿De verdad, harías eso por mí?

—Sí, claro.

Que difícil es esto para mí, enamorado de ella, tengo que mediar para que mi mejor amigo y la chica de mis sueños vuelvan a estar juntos. Pero lo haré, porque mi amor es tan grande que solo deseo su felicidad y si solo la alcanza estando junto a él, no tengo dudas, lucharé porque lo consiga.

—Y ahora, cuéntame, ¿qué es lo que ha pasado?

—Son sus celos, sus malditos celos. Cree que le estoy engañando y te juro que no es así. Yo le quiero solo a él.

Una puñalada, un fuerte pinchazo dentro del corazón. Cierro los ojos intento serenarme.

—Hablaré con él.

Salgo de la cafetería con mi móvil, no solo para llamar a mi amigo, si no porque necesito aire. Quiero respirar de nuevo, pues parece que me he quedado sin aliento y no soy capaz de tomar el oxígeno necesario para que mis pulmones se llenen.

Le llamo, espero que no haya entrado todavía al cine. Me contesta y durante más de media hora charlamos. No ve la película, pero consigo que reaccione y se de cuenta de que por unos celos absurdos va a perder a la mujer más maravillosa que existe.

¡Maldita mi suerte! Si fuera mía no dejaría que nada ni nadie se interpusiese entre nosotros. Si ella me amase, haría todo lo posible por hacerla feliz.

Roberto decide tomar un taxi y correr a la cafetería donde Silvia y yo estamos, quiere pedirle perdón, desea arreglarlo todo.

Mi corazón se para, se detiene unos instantes. ¿Qué narices has hecho?, podías haberte aprovechado e intentar que se fijara en ti, Pero no, has mediado para que vuelvan a estar juntos. Eso tiene un nombre, se llama: estupidez. Cierro los ojos con fuerza, no, eso se llama: amor verdadero.

¿Cómo tener fe? ¿Cómo puedo volver a creer? Quizá algún día lo logre, si la olvido, si encuentro en otra en quién pensar.

Me despido de Silvia, después de decirla que Roberto está de camino. Ella me besa en la mejilla y yo tiemblo.

Camino despacio, esta vez mirando al frente. Trago saliva con dificultad pues tengo un gran nudo en la garganta. De pronto comienza a llover y el agua borra mis lágrimas, ojala borrase también mi pena.

About The Author

Kris L.Jordan

Kris L.Jordan es el seudónimo con el que esta autora de romántica firma sus libros. Torrejonera de adopción es una apasionada de la lectura romántica de cualquier género. .. Acapara libros y libros en las estanterías de su casa y no es capaz de irse a la cama sin leer... Un buen día se sentó ante el teclado del ordenador, las ideas comenzaron a surgir y así nacieron sus primeras historias que autopublica. Actualmente tiene seis novelas, algunas con editorial y ha participado en varios libros de antologías. Pero su aventura no termina aquí, porque la escritura se ha convertido en una parte muy importante de su vida.

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